
-Pero Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es Eugenia, que yo me contento con que me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...
-Bueno don Augusto, ésas son cosas que leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga de cuantas veces se le antoje, a que me vea y a que me revea, a que hable conmigo y hasta ya lo ha visto a usted, hasta que me bese la mano, pero tengo novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
- Pero, ¿de veras está usted enamorada de él?
- ¡Vaya que pregunta!
- Pero ¿se ha vuelto loco usted, don Augusto?
- No, no; lo digo por que mi mejor amigo me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo.
- Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?
- Porque en el caso usted, acaso sea verdad eso…
- Pero ¿es que cree usted, es que crees Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?
- No alce usted tanto la voz, Don Augusto, que puede oírle la criada…
- ¡Si, si-continuo exaltándose- hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras!
Niebla de Don Miguel de Unamuno