abril 29, 2007

Haciendole preguntas cursis al destino


A veces me demoro mucho más de la cuenta, abanicando el cuello roto de la soledad debería ser mucho más sencillo si las sombras que dejaste mi amor no disparan besos calibre 22.Mis doctores recetaron sobredosis de olvido y unas vacaciones pagas en el hospital de las princesas heridas. Por eso vos, tomate tu tiempo, quédate bien cerca de los mejores besos y las buenas botellas. Trépate a esos trenes que no van ni vienen. Date por muerto en cada espejo, perderte de vista y volverte a empezar y sabe que mañana te puede tocar.

Principio del juego




La rayuela se juega con una piedrecita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrecita, un zapato y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrecita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrecita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo, lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrecita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrecita y la punta de un zapato.

Entonces


-Pero Eugenia, que yo no pretendo nada, que no busco nada, que nada pido; es Eugenia, que yo me contento con que me deje venir de cuando en cuando a bañar mi espíritu en la mirada de esos ojos, a embriagarme en el vaho de su respiración...

-Bueno don Augusto, ésas son cosas que leen en los libros; dejemos eso. Yo no me opongo a que usted venga de cuantas veces se le antoje, a que me vea y a que me revea, a que hable conmigo y hasta ya lo ha visto a usted, hasta que me bese la mano, pero tengo novio, del cual estoy enamorada y con el cual pienso casarme.
- Pero, ¿de veras está usted enamorada de él?
- ¡Vaya que pregunta!
- Pero ¿se ha vuelto loco usted, don Augusto?
- No, no; lo digo por que mi mejor amigo me ha dicho que hay muchos que creen estar enamorados sin estarlo.
- Lo ha dicho por usted, ¿no es eso?
- Porque en el caso usted, acaso sea verdad eso…
- Pero ¿es que cree usted, es que crees Eugenia, que no estoy de veras enamorado de ti?
- No alce usted tanto la voz, Don Augusto, que puede oírle la criada…
- ¡Si, si-continuo exaltándose- hay quien me cree incapaz de enamorarme de veras!



Niebla de Don Miguel de Unamuno