septiembre 09, 2008

Horarios


Los lugares y los rostros se graban en las entrañas y los huesos; cada zona del cuerpo tiene sus recuerdos. Así, tan pronto como pienso en mi hombro derecho, aparecen el café Au Rêve y la cara del maître, enorme y redonda, que yo observaba sin cesar. La cara, por su parte, me miraba con esperanza pues nunca una mujer la habría mirado como yo, quien al mirarla sentía remordimiento por no visitar con más frecuencia el jardín zoológico.
No es solamente el hombrecillo de la sangrienta luna quien vaga perdido por mi hombro derecho sino también las viejas. Las viejas con sombreros viejos y apellidos viejos, las viejas con caras de pergaminos, de rollos del mar muerto, de payasos pintados como calaveras de azúcar. Sentadas en el Au Rêve, estrechaban contra sí andrajosos bolsos de baile de terciopelo con flores bordadas igual que sus figuras en mi hombro derecho.
Todos los mediodías hacían su entrada las viejísimas y exigían al maître agua caliente y azúcar mientras sacaban de sus bolsos pequeños envoltorios de papel de diario que contenían café en polvo. El maître de la luna roja se inclinaba reverente como si hubiesen pedido foie-gras: él conocía sus vetustos, rancios apellidos… (esta escena resucita cada vez que pienso en mi hombro derecho y si quiero puedo hacer que el gordo se incline cien veces).
Yo escribía poemas en el Au Rêve y aparentemente era una prisionera. El tiempo que tenía era sin ventana ni puerta: 12.40 horas a 13.50 horas. Yo escribía. Me rodeaban, además de las viejas, gentes promiscuas, que no dejaban de vigilarme aun si apenas me miraban. Me inflingían ruidos: los de los platos al romperse, los de las viejas golpeando con cucharitas contra las tazas, los indistintos provenientes de la calle y hasta las vociferantes órdenes del maître escarlata. Pero mi exaltación me aislaba y todo lo que me pasaba llevaba un halo, el que siempre atribuyo a los rostros y a las cosas que son mi fuente de encantamiento. Esta vez, sin embargo, el halo estaba dentro de mí, yo era su única dueña y podía bastarme a mí misma aunque anduviera por los bajos fondos de la realidad (como en el Au Rêve, por ejemplo). Asimismo, mi vida era idéntica a la imagen de mi vida que me había creado, con esperanza, en la infancia. Una imagen pueril, cierto, pero la coincidencia con el modelo real me inducía a no ser pueril. En el café Au Rêve yo fluía y me deslizaba; el muro se había vuelto río. Y para siempre en mi hombro derecho los éxtasis poéticos de 12.40 horas a 13.50 horas.


Probablemente 1971
Prosa completa. Editorial Lumen.




La Ale